Manifiesto
Hola. Este no es un blog de maternidad, ni de espiritualidad, ni de migración. Es todo eso junto con mindfulness vencido y un shot de wellness tóxico.
Bienvenida a 3Deseos: sátira espiritual para almas sin tribu. Un altar improvisado para las que criamos con disclaimer en otras tierras. Acá no hay consejo, hay confesiones. Prendé el sahumerio o el cinismo, lo que tengas a mano,
Bienvenida!
Mi nombre es Carolina —delSurEnelNorte—, una Veneka sobreviviendo en Massachusetts. Millennial, periodista y mamá de dos fueguitos: Penélope y Magnolia. Todavía no te conté que mi marido se llama Sebastián: es argentino, sarcástico, tiene un PhD en biología molecular, huele deli, escucha Spinetta y Charly mientras corta el zucchini. También es virgo, pero de esos chéveres, y su religión es “fluir” el es un monje urbano.
Yo soy venezolana, maracucha born & raised. Nací del lado del mapa donde el calor no es climático, es emocional, es vergatario. Sí, decimos verga sin pedir perdón —porque el machismo es ley no escrita—. Crecí entre palmeras, novelas, arepas, gritos y golpes… de Estado, que interrumpían la programación infantil. Y sí, extraño mucho mi país —inventado— como inmortalizó la Allende. Porque la Venezuela que me vió nacer ya no existe. Una sucesión de líderes bananeros con políticas de dictadura mal scripteada convirtió la tierra más rica del mundo (literal) en un simulacro autoritario donde la chamba se exporta y el hambre se queda.
Soy periodista de profesión. Trabajé en radio y televisión, y mientras crecía en mi carrera, la censura en los medios también lo hacía, pero en sprints. En 2008 emigré —cuento para otro post—. Primero a Buenos Aires: pasión + furia. Me enamoré y hasta me casé con un local. En 2010 armamos la luna de miel sin retorno: destino Upper East Side, Nueva York, zip code 10029.
Tenía 25 años cuando armé un hogar en un tercer país, con una autoestima confundida que todas las mañanas exhalaba miedo mientras trotaba por Central Park y me regalaba un ataque de pánico mensual. Él tenía trabajo y propósito. Yo tenía frío. Y tiempo. Mucho tiempo libre.
Así pasaron ocho años. Entendí el slang, hice hermanos y primos, me teñí de varios tonos, me despidieron, me tatué, pagamos varios visados y algunas mudanzas. Conocí el mundo, me insultaron, me hice fuerte. Me hice polvo. Me hice madre. Mientras tanto, en mi país se respiraba autoritarismo, bombas lacrimógenas, y el aroma de otro café de despedida, entre tantas de una diáspora que ya no cabe ni en los aeropuertos.
Desde 2018 vivo en Cambridge. Acá me hice madre por segunda —o primera— vez, porque la verdad es que cada bebé viene con sistema operativo propio. Este posparto duró una pandemia de dos años. Crié sin tribu, sin ingresos, y con más culpa que horas de sueño, convencida que el algoritmo huele tu frecuencia emocional y te lanza reels de diosas fitness y gurús de humo, porque el verdadero marketing digital es que te sientas mal, y también muy, muy perdida. Mi autodiagnostico como mi propia paciente fue ansiedad 4k y me prescibí dejar las redes sociales en una sola dosis. Recomendado!! Ahora bailo hip hop y me conecté con el beat de la tierra, prefiero la mitologia para darle forma a mi caos moderno y suelto la culpa con burbujitas de champán… aunque mi cuenta sea una red flag.
Tengo ciudadanía, pero no pertenencia. Ser venezolana en la era Trump es como un free trial de inclusión a punto de expirar. Justificar tu acento. Tu existencia. Tus ganas de estar. Acá todos compostan, pero nadie saluda. Y yo soy intensa, colorinche, ruidosa. La belleza latina sigue siendo un arma de doble filo: exótica si es muda, incómoda si tiene voz.
Mis amigas —las de siempre— pertenecen todas al multiverso FaceTime, cada una acompañada de sus guías y ancestras en distintos países. Nuestras vacaciones juntas son una fantasía compartida en audios de diez minutos con delay, porque mis días van entre loncheras, citas médicas, glitter y berrinches con mi niña interior que me pide vacaciones pagas y otros 3 deseos sin lampara.
Si tus chakras están aburridos, si te olvidaste almorzar otra vez, si tu luz parpadea pero aún no alumbra… este rincón es tuyo. Acompañame mientras se me enfría el café y mis hijas me invocan como si fuera Dios y Alexa al mismo tiempo, no tengo paz, pero tengo 3 deseos semanales disfrazados de post.
Quedate!
